Un hombre y una misión
| 25 de Febrero de 2008
El P. Kentenich miró con los ojos de Dios nuestra época. Vio en ella una lucha apocalíptica. Para él en este tiempo de cambio histórico se decidiría por siglos el futuro de la humanidad. Señala con fuerza que tras las grandes convulsiones del tiempo moderno se hace presente un mal radical: nuestra cultura se ha desentendido de Dios, le ha vuelto la espalda, ha huido de la cada del Padre como en ninguna época histórica anterior: El ateísmo práctico y teórico , de occidente y de oriente, es cada día mas craso y radical. A esta “apostasía de Dios” sigue la desintegración del hombre y la sociedad. El hombre y la sociedad se mecanizan y atomizan, pierden su valor y sentido.
Lejos “de las fuentes de agua viva” se acelera el proceso de perdida de la dignidad humana y de todos los valores.
Esto es lo que explica en su origen mas profundo la deshumanización y masificación reinante en nuestra cultural. Se rompen los lazos vitales, sobre todo los lazos básicos del amor, que posibilitan el desarrollo de la persona y constituyen el tejido social. El hombre se desarraiga y se convierte en esclavo y servidor de la maquina. Desarraigado, deshumanizado y desdivinizado, termina desquiciando todas las estructuras sociales, económicas, políticas y culturales; crea sistemas colectivistas y secularistas basados en una visión del hombre y la sociedad que priorizan el rol de lo económico y material sobre la persona humana y los valores morales. (cfr. Lavorem Exercenc, 7 y 13).
Por eso nuestro tiempo grita por la humanización y fraternidad, por unidad y libertad, por paz y justicia. Es el hijo pródigo que siente la nostalgia de la Casa del Padre. ¿Cómo retornarlo a ella? ¿Cómo hacer que este hombre embriagado por el ansia del poder, de tener y de gozar, reencuentre el camino hacia el Padre?.
Esta es la gran tarea que se propone el P. Kentenich. Siente que los signos del tiempo lo urgen a luchar por un hombre nuevo. Este hombre nuevo debe caracterizarse precisamente por su profunda capacidad de vincularse con Dios, con los hombres, con las cosas y con el trabajo. El desarraigo, el mecanicismo y atomización deben ser superados por la capacidad “de arraigarse” o de establecer lazos profundos, libres, permanentes y cargados de afecto, entre persona y persona, entre hombre y Dios. Expresión de esta “nueva civilización” del amor deben ser nuestras estructuras sociales, políticas y económicas, que aseguren y a su vez fomenten la nueva cultura.
Ahora bien, la “táctica” que la Divina Providencia señala al P. Kentenich consiste en comenzar desde ya a construir ese nuevo mundo. No se limita, por eso, a diagnosticar o denunciar. Anuncia y construye con “paciencia revolucionaria” sabiendo que las cosas de Dios “nacen de la nada” y se gestan en el silencio.
Como auténtico profeta y educador, vuelve su mirada a María, ve en ella “la balanza del mundo”, el camino por el cual nos llega la gracia, el lugar que Cristo elige para “establecer su tienda entre nosotros” la compañera y colaboradora constante en su obra de redención. Está convencido que Ella se mostrará como “la gran vencedora de las herejías de nuestro tiempo”.
