¡Reina, Glorifícate!
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Quiero aprovechar este espacio para compartir con todos los que formamos parte de esta Juventud, el desafío de descubrir que quiso y que quiere transmitirnos María con este lema lleno de vida que nos quiso regalar. La primera actitud, fue la causa fundamental de tanta fecundidad, y se llama audacia. En este tiempo aprendimos que sin audacia no hay revolución, y sin revolución no hay cambio. Si de verdad nosotros estamos convencidos de que nuestra tarea como jóvenes es darle un rumbo nuevo al mundo en que vivimos debemos gestar una gran revolución. Y a esta tarea que por si misma es exigente, le debemos sumar un nuevo desafío: nuestra revolución debe ser librada sin armas de hierro, ni sangre; debe ser una lucha que se geste en el corazón de cada persona. Nuestra revolución es una revolución interior, y nuestra única estrategia es María como Reina de nuestra Juventud. Ser audaces significa estar dispuestos a jugarnos por algo que nos supere, incluso cuando las cosas no sean tan claras; ser audaz es seguir el impulso de un latido que se vuelve más y más fuerte hasta superar los miedos con los que nos tenemos que enfrentar; ser audaz es apostar con un cierto grado de irresponsabilidad. ¿No son acaso aquellos que se animan a asumir grandes riesgos quienes se vuelven extraordinariamente ricos? Nuestra misión implica una opción de “todo o nada”, por lo que vamos a salir victoriosos o morir en el intento, pero quedarnos en lo seguro jamás. La segunda actitud, es la que nos define como Schoenstattianos, e implica vivir según nuestra Alianza de Amor con una profunda actitud de confianza. ¡Reina, Glorifícate! significa poner en las manos de María las riendas de cada proyecto que hagamos. No basta con pedirle a Dios que nos ayude a concretar aquellas cosas que no están a nuestro alcance o en las que tenemos problemas, por que del resto me encargo YO. La actitud de confianza que el Padre nos enseño fue absolutamente radical: ser como niños ante Dios; y para eso debemos seguir rezando, ofreciendo nuestro capital de gracias, y vinculándonos al Santuario como el lugar donde María quiso establecerse para encontrarse con nosotros. Si nos esforzamos lo suficiente y abrimos nuestro espíritu para comprender la voluntad de Dios, nuestros más grandes sueños van a quedar diminutos frente a lo que María puede llegar a hacer con su infinito poder. El único secreto que debemos tener en cuenta, es que nosotros debemos dar el primer paso y después: ¡CONFIAR!. Estas dos actitudes fueron y van a seguir siendo las claves de cada proyecto que saque adelante nuestra juventud; y por eso les propongo que como aliados de La Mater nos animemos a vivir cada día con una dosis de audacia y la confianza de que Élla se va a encargar de todas nuestras cosas (M.P.H.C). Mientras más grande sea el desafío, más convencidos debemos gritar: |




